Etapa 5: ‘Le savoir faire’ francés… De Rennes al L’Hôtel Particulier Ascott

Sin haber leído nada sobre Rennes, cuando llegas y paseas por sus calles en cuadrícula diseñadas por Jaques Gabriel -padre del mismisimo Ange-Jacques Gabriel artífice de la Plaza de la Concordia de Paris- o cuando ves los edificios señoriales o las casas del siglo XV, de madera, con voladizos de colores, o cuando ves sus restaurantes o terrazas del centro histórico, o las tiendas… lo primero que te viene a la cabeza es: elegancia. O quizás es porque la restauraron y recuperaron lo mejor de la ciudad hace poco, o porque ves a una pareja que no pueden ser mas guapos y más elegantes y más franceses. El ‘savoir faire’, que dicen.

Por ello, lo mejor de Rennes es ir despacio y mirar, aunque haya obras en la catedral, aunque haga un calor infernal. Rennes es para contagiarse.
En plan contagio estábamos cuando oímos: «¡Anda, que estos son de mi pueblo!» Efectivamente, de Puertollano, provincia de Ciudad Real. Que estamos en todas partes, que estamos de moda. Unas fotos, unas alegrías, unas voces de las nuestras y a seguir paseando para asimilar el ‘savoir’ francés, que el manchego ya lo llevamos puesto.

Lo que tocaba era descubrir qué es el ‘savoir faire’ y lo descubrimos entre Rennes y un pequeño hotel de Saint-Malo, L’Hôtel Particulier Ascott 1890. Se lo recomendaríamos a España entera si nos leyeran. Si alguien dice que los hoteles franceses son malos es porque no han ido a los de cinco estrellas o a este o a otros muchos muy parecidos que me consta que hay por toda Francia.

Una pareja administra el hotel como su casa. Hasta el ultimo detalle ha sido buscado para que sus invitados se sientan bien. Decimos invitados porque tratan con la cortesía de principios del siglo pasado, vamos, como si fueras de veraneo a la casa de tu prima la Duquesa. Desde el caramelo de bienvenida a la amabilidad de quien te recibe; de las cortinas, al yogur del pueblo o al pastel recién hecho, de la arquitectura de la escalera a los suelos de madera o baldosines del siglo XIX todo ha sido escogido con mimo, para gustar, para que te sientas bien. El resultado: elegancia, y el ‘savoir faire’ francés en estado puro. Mira, ya lo hemos descubierto.

Etapa 4: volver siempre a La Rochelle

Si nunca has estudiado francés y eres de Ciudad Real, tienes un problemilla de pronunciación y un problemón para hacerte entender en Francia. Por ejemplo, te aprendes lo básico para pedir un café educadamente («Bon yur, si vuplé, un cafe olé») y el camarero te contesta directamente en inglés, a ver si hay mas suerte. Menos mal. Y con la suerte de que tu compañero de viaje lleva muchos tours y lo chapurrea decentemente.

El idioma no importa si lo primero que ves al llegar a La Rochelle es una enorme noria blanca, el sueño de tu niñez. Volar, cielo, horizonte, sin barreras, mar…. Era el vaticinio de que La Rochelle me iba encantar.

Un puerto con sus barcos de todos los tamaños, su muralla, con su faro, su torre inclinada (Tour Saint- Nicolas), su empedrado, sus puestos, sus cafés, sus helados… con todo lo que hay que tener para que te parezca un lugar donde podrías vivir, sin salir de allí.

Aunque la historia cuenta que salieron comerciantes, aventureros, dicen que incluso piratas que llegaron a Canada, México y hasta para descubrir las Islas Canarias de fueron y eso que crees que ya estaban descubiertas por nosotros mismos… y volvieron e hicieron un puerto floreciente.

Vamos, volvió hasta el primer francés, René Caillié, que viajó a Tombuctú y volvió vivo. Lo normal, volver a tu ciudad si lo que te espera son casas de aire marinero, de colores, de contraventanas de madera, calles y soportales animados y un café con todos los dorados del mundo que para eso es del siglo pasado, Café de la Paix.

Y de allí a Saint-Nazaire, con acantilados, playa, tranquilidad a mansalva para vivir sin enterarte de nada hasta que te elevas por el puente que cruza la desembocadura del Loira y que nos llevará a la Bretaña, que tantas ganas tenemos de visitar.

Mañana os contaremos.


Etapa 3: Burdeos

Siempre me gustaron los puentes. Lo unen todo. El Puente de Pierre de Burdeos une lo nuevo con lo de siempre: une razas , religiones, el patinador con el sin techo, el turista y el que va rápido a trabajar… y te lleva a entrar por un arco del triunfo, mas pequeño que el de París pero que la misma Leonor de Aquitania cruzaría orgullosa de su poder y el de los suyos después de siglos.

El vino, el de Burdeos, y el puerto, el de Burdeos. Algún inglés dirá que todo lo tienen gracias a ellos y a su rey Enrique II pero eso lo dejamos para la historia. Porque ahora Burdeos, entrando por ese arco, te lleva a una mezcolanza de culturas y tiempos.

La plaza Cuartier es buena muestra de ello. Preside la Basílica Saint-Michel y ese campanario gótico hexagonal del siglo XV de 114 metros que hace pequeño todo lo que esté su lado. En su falda , cafetines franceses e italianos, música española en un bar de pinchos en que te ofrecen hasta gazpacho «andalou » y sentados en los bancos musulmanes tomando la fresca. Todos juntos. Sin problemas. Serán los puentes.

En Burdeos hay que pasear por la ribera del Garona o surcarlo en uno de los barcos que hay en el muelle. No hay que perderse la Plaza de la Bolsa, la del Parlamento, la Plaza Saint-Pierre, la Puerta de Caliheu (paso para el Camino de Santiago), el Museo del Vino y todos los edificios del casco histórico que cuentan en cada piedra los siglos que pasaron. Aunque mi abuela diría que se necesita una mano de pintura o agua y jabón. Una restauración que se hizo en 2003 pero habrá que ampliar para que quede todo niquelado como nuestro Pórtico de la Gloria.

Salimos de Burdeos no por el puente de Pierre, porque es peatonal, sino por su hermano joven que están terminando de acicalar y que nos retrotrae al Madrid de Gallardón, todos buscando el tesoro pero que al final cuando se terminan las obras se encuentra el esplendor de una ciudad.

Camino a La Rochelle nos adentramos en viñas y chateaus… y durante kilómetros el paisaje es una viña, un chateau… cien mil vides, un petit chateau, trescientas mil vides, otro gran chateu… y de todo hay en el mundo de los chateaus: algunos impresionantes y otros más de andar por casa.

Se puede elegir., aunque nos quedamos con los pueblitos rodeados de girasoles, de vides con estampas que solo puedes ver cuando viajas a pie o en coche pero sin prisas. Parando donde puedas brindar con un buen vino de Burdeos.

Etapa 2: la Duna de Pilat

Duna de Pilat

Nos despedimos de San Juan de Luz con nubes grises que dejaban sobre sus casas una pátina que hacía más visible ese aire decadente que enamora a los más nostálgicos.

Impregnados de principios del siglo xx, nos encaminamos a la segunda etapa de nuestro tour. Íbamos con recuerdos de balneario, y pensé que tendría glamour desayunar en Biarritz, como la mismísima emperatriz Eugenia de Montijo.

Atasco, lluvia… se nos pasó Biarritz. Terminamos en un bar de carretera con un café y un croissant plastificado que nos costó 10 euros, eso sí, rodeados de dos operarios, uno pasando la aspiradora y otro colocando una televisión, tan poco diestro que se le escapó un arnés y aterrizó en nuestro zumo de pomelo (augurio de ardores). A las diez de la mañana: glamour enterrado. Finiquitado. Desaparecido.

Las Landas

Mientras escuchábamos en el coche Cadena 100—sí, Cadena 100—atravesamos la zona de Las Landas. Maravilloso. Mirar y respirar verde. Tras los cristales llueve y llueve y si sale el sol es porque nos tomamos un segundo café en uno de los pueblos con mas encanto de toda la zona: Lit et Mixe. Su iglesia, su mercadilllo, sus casas que parecen dibujadas (mitad vascas, mitad francesas), su estafeta y su glamour francés. Como nosotros mismos, que somos mochileros pero en un Infiniti y con sandalias de Michael Kors.

Iglesia

Iglesia

Iñaki y Toni

He vuelto a creer en el viaje de riesgo moderado. Sí, he vuelto a vivir lo imaginado y más cuando hemos llegado a la duna más grande de Europa, la Duna de Pylat: 60 millones cúbicos de arena en 87 hectáreas.

Subir, bajar, bañarte en el Atlántico, subir, pensar que ya no puedes ,que 2’7 kilómetros lineal en costa es mucho para la segunda edad… pero cuando ves el azul fundiéndose con el dorado de la arena descubres que el glamour de verdad está ahí, delante de tus ojos.

Duna de Pyla

Duna de Pilat

Etapa 1: Madrid – San Sebastián – San Juan de Luz

San Juan de Luz

Salimos con ilusión, con ganas de Francia, la desconocida o la mil veces vista, con ganas de descubrir cada árbol, cada nube o cada omelette… y lo primero que hicimos, cuando aún no habíamos recorrido 200 kilómetros desde Madrid es parar y hacernos fotos con el mítico Toro de Osborne, aquel que nos repintó el paisaje de nuestra infancia y de nuestro país. Ese precisamente ha sido el primer compañero de viaje, como si antes de llegar a Francia tuviéramos que afianzar nuestra españolidad. Y algo de eso debía de haber en nuestro subconsciente porque la segunda parada ha sido para comer en Milagros unas maravillosas morcillas y unos torreznos de campeonato.

Playa de La Concha

Cargados de hidratos de carbono y tan felices hemos llegado a San Sebastián, que no puede ser mas bonita, incluso con tanta gente que se ha tirado a las calles donostiarras que La Concha, estaba irreconocible. Pero siempre bella.

Desde allí, unos pocos kilómetros más para llegar al final de la primera etapa: San Juan de Luz, un pueblo lleno de rincones, música, colores diferentes, agua y aires hispanos en sus casas, en sus mentes…. tanto, que nos hospedamos en el Hotel Txoko, nuestra habitación se llama Iruña, oímos castellano enredándose con el francés o el euskera y la gente se pasea con un cucurucho de churros o se mete de aperitivo unos pimientos del piquillo. Nosotros hemos cenado unos moules, mejillones con patatas fritas para irnos integrando. Quieren que nos vayamos haciendo a las Galias poco a poco.

Con el sonido de una orquestina de verano en la plaza de San Juan de Luz, vamos dibujando el mañana: Arcachon, La Duna de Pilat y la gran ciudad de Burdeos. Y el agua del Garona bañándola.

San Juan de Luz

San Juan de Luz

San Juan de Luz

San Juan de Luz

Así será nuestra ‘vuelta’ a Francia

El toro de Osborne

Ya estamos en ruta. Hace muchos años que quería volver a darme una ‘vuelta’ por Francia, esta vez con más calma que cuando disfrutaba informando y siguiendo al pelotón internacional, y en especial a los ciclistas españoles que ganaban el Tour. En aquellos días veía pasar los paisajes y no pude disfrutarlos.

Ahora saborearé cada metro y cada imagen que me ofrezcan los caminos que Toni Martínez Daimiel (@Una_de_50) y yo recorreremos por Francia, principalmente. Serán más de 4.000 kilómetros en 11 etapas desde Madrid en un coche con garantías: el Q-30 de INFINITI.

La primera, hoy, concluirá en San Juan de Luz. Pero antes, por supuesto, haremos una parada en ‘La Bella Easo’, San Sebastián. La segunda etapa nos llevará a las Landas francesas, con visita a Arcachon y la Duna de Pilat y final en Burdeos. Seguiremos subiendo por la costa atlántica disfrutando de La Rochelle y las playas de Les Sables d’Olonne. Para descansar hemos elegido Saint-Nazaire.

Cruzaremos el gigantesco e impresionante puente sobre el río Loira hacia la Bretaña. Estamos deseando llegar a Saint-Malo y ver la abadía dentro del mar de Le Mont Saint-Michel. Desde la Bretaña buscaremos Normandía y las playas del desembarco caminando por las arenas de Omaha Beach.

Toni y el toro de Osborne

Ir a Francia y no detenernos en Paris sería un gran error. Así que nos quedaremos en la capital y visitaremos Versalles antes de acercarnos al Valle del Loira y la ruta de los castillos. Desde Tours buscaremos la Costa Azul antes de rendir nuestros respetos al poeta Antonio Machado ante su tumba en Colliure.

La última etapa, ya en España, será desde Barcelona hasta la Puerta de Alcalá en Madrid, donde esperamos llegar en los primeros días de agosto.

Os lo iremos contando a través de nuestras redes sociales y de lamaletadecano.com, donde esperamos haceros sentir tanto como lo vamos a hacer Toni y yo.

Seguiremos informando…

Iñaki Cano y el Infiniti

La maleta de Cano

Iñaki Cano

Muchos, durante mucho tiempo, quisieron ser La Maleta de Cano. Cuando la Selección también perdía, cuando Perico subía mejor que nadie y Armstrong era líder. Cuando el Madrid volvió a ser campeón de Europa. Y sobre todo, cuando Indurain llegaba a los Campos Eliseos.

Todos queríamos ir dentro de aquella maleta porque La Maleta de Cano ha viajado por todo el mundo, a veces a tantos lugares y tan deprisa que los recuerdos, las vivencias, son fotos de algún rincón, los sabores de todos los colores que se agolpan sin recordar dónde se sintieron. Eso sí, los compañeros de viaje a veces eran compañeros de un solo viaje.

Viajar sin prisa, saboreando los colores de cada kilómetro y el aire de cada esquina, era como la meta del Giro: alcanzable pero dura. Por ello se pone en movimiento la maleta. Se llena de camisetas, zapatillas y postales sin escribir. Un Tour de Francia sin bicicletas pero que lleva dentro los 12 Tours trabajados; que se va a disfrutar como el primero, pero con etapas libres en cada curva, en cada ciudad, en cada playa.

No hace falta nada más que un coche, la compañia adecuada, ganas de vivir y La Maleta de Cano.

Infitini