¡Oh la la, París!

París, qué intensa ciudad… ¿cuántas veces habré estado en la Ciudad de La Luz? Quizás 10, 15, 25… no lo sé y desde luego no voy a ponerme ahora a contarlas. Lo que sí es cierto es que nunca me había recibido como en este viaje con @Una_de_50. ¡Vaya tormenta de agua, rayos, truenos y granizo! Incluso con un recibimiento tan poco agradable, París es París. Aunque aseguro que esta ha sido la vez que más he disfrutado y seguramente la culpa la tiene mi compañera de viaje.

En París he vivido grandes momentos y también desilusiones, todas por culpa de mi trabajo excepto en esta última ocasión, que por devoción ha sida una visita fantástica. Sencilla y relajadamente fantástica. Nunca antes había podido pasear tan despacio por los Campos Elíseos ni ver los escaparates de la Rue Saint-Honoré. Eso sí, ni en las anteriores 30 ocasiones ni ahora he podido comprar nada de las tiendas de esa calle tan cara en la que desearías ser rico, pero rico de verdad para comprarte una blaisier de 800 euros. Es lo que tiene no ser millonario.

A lo que iba: parece que nada ha cambiado en París desde que estuve por primera vez. Incluso las estrecheces de sus terrazas callejeras donde te enteras más de las conversaciones de la mesa de al lado que de la tuya. Y si a mis vecinos de mesa les sucede lo mismo, se habrán enterado de casi todas mis anécdotas parisinas que he ido narrando sentado con Toni en el Café de la Ópera.

‘Gané’ el Tour por primera vez con Pedro Delgado. Fue maravilloso ver a los franceses morirse de envidia cuando volvieron a escuchar las notas del himno español. ¡Qué emoción! Después un vacío. Luego vino el reinado de Miguel Indurain: cinco vueltas seguidas a los Campos Elíseos y yo con el micrófono inalámbrico entrevistándole, casi ahogándome, porque él iba en bicicleta y yo corriendo a su lado.

En Paris he sido dos veces campeón de la Champions y otra de la Recopa. Nayim dejó al Arsenal con un palmo de narices gracias a aquel gol desde el medio campo, y a mí casi con el tobillo roto, al saltar desde la grada al césped del Parque de los Príncipes para entrevistar a Esnáider y compañía. Aquella noche en una taberna parisina casi no cenamos porque no sabían lo que era una ‘tortilla francesa’. Tiene narices la cosa, la inventan los monjes de Le Mont Saint-Michel y el chef de aquella taberna no lo sabía.

En Saint-Denis perdí con el Valencia pero gané con el Madrid una Champions y además de disfrutar de mi trabajo pude entrevistar a un ‘niño que andaba corriendo por el césped con la copa en la mano como si fuera un jugador más. Era Sergio García, el golfista, que se lo pasó genial, tanto o más que yo hasta que los sheriffs de la UEFA me bajaron del podio de los ganadores y me arrebataron ‘la orejona’ de mis manos. Y en ese mismo estadio con el Barcelona gané mi segunda Champions parisina; con Belletti, autor del gol de la victoria bajo el diluvio, arrodillándose frente a mí. Qué bonito fue.

París también fue testigo de uno de mis mayores errores profesionales, con la monarquía de por medio. En una de las fiestas por algún Tour de Indurain en la embajada de España estaba la entonces infanta Cristina de Borbón, a la que la pregunte si estaba en París por algún concurso hípico. Me miró de arriba abajo antes de responderme, cosa que hizo mientras comenzaba a darme su espalda: “No. Esa será mi hermana, yo navego”. Imagínense la cara que se me quedó. Y cara, cara debió de ser la cena que Mario Conde, entonces presidente de Banesto, dio a su equipo ciclista como homenaje en uno de los palacios de París. Aquel año Indurain había ganado el Giro y el Tour y don Mario tiró la casa por la ventana. Nos cenamos todo lo que La Dorada se había traído de España.

En París he vivido momentos inolvidables pero sin duda esta estancia será la de mejor recuerdo porque todo ha sido más pausado, sin las prisas por la noticia o los nervios por no tener al protagonista. En esta ocasión los protagonistas éramos nosotros. La noticia estaba en disfrutar del momento, de nuestros instantes de felicidad a la mitad de ‘nuestro Tour’. Y, pese a la tranquilidad, le hemos dado a la zapatilla para recorrer cada rincón de París. Hasta 22 kilómetros por los bulevares y ‘rues’ hemos andado en unas 35 horas de estancia, sin contar las millas de navegación por el Sena.

París sigue siendo París y su encanto se agranda cada vez que la vuelves, aunque hayas visto más de 30 veces el Arco del Triunfo o la Torre Eiffel. Cuando regresmos, porque así será, gritaremos de nuevo con admiración: “¡Oh la la, París!”

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